Problemas de comunicación = conductas disruptivas

Problemas de comunicación = conductas disruptivas

Hay escenas que cualquiera que trabaje en un aula de PT, AL o de apoyo conoce bien. Le pides a un alumno que termine la actividad y se golpea la cabeza contra la mesa. Toca cambiar de actividad y empieza a darse golpes. Llega la hora del patio y te muerde mientras le pones el abrigo. Estabais trabajando bien, y de repente tira todo el material al suelo.

Durante mucho tiempo, este tipo de conductas se han mirado como un problema de comportamiento. Como si el alumno o alumna estuviera «portándose mal», desafiando, llamando la atención o intentando salirse con la suya. Y aunque puedo entender por qué se interpretan así (porque son conductas duras, que asustan, que descolocan y que muchas veces no sabemos cómo manejar en el momento), lo cierto es que mirarlas solo desde ahí nos deja sin entender lo más importante: qué nos está intentando decir.

Porque casi siempre, detrás de un golpe, un mordisco, un empujón o una autolesión, hay un mensaje. Un mensaje sin palabras, sí, pero un mensaje al fin y al cabo. Algo como «no entiendo lo que me pides», «necesito un descanso», «hay demasiado ruido», «quiero terminar ya» o, sencillamente, «algo me duele y no sé decírtelo».

Cuando un alumno o alumna no tiene una forma fiable de comunicar lo que necesita, lo expresa como puede. Y muchas veces lo que tiene a mano es el cuerpo. No es que elija morder o golpearse. Es que en ese momento, con sus recursos, es lo único que encuentra para hacerse entender. Lo aprendí trabajando en el aula: si no me llega el mensaje por palabras, signos o pictogramas, me va a llegar por otra vía. Y esa otra vía suele doler, a la persona y a quienes le acompañamos

Por eso me parece importante cambiar la pregunta. En vez de «¿cómo paro esta conducta?», pasar a «¿qué me está intentando contar?». No siempre tenemos la respuesta rápida, y a veces nos lleva semanas u observaciones muy detalladas darnos cuenta de qué hay detrás. Pero ese cambio de mirada lo cambia todo, porque deja de ser un alumno que «se porta mal» para pasar a ser una persona que se está comunicando como puede.

Y aquí es donde entran las herramientas. Cuando un alumno tiene acceso a una comunicación funcional (pictogramas, signos, frases hechas, dispositivos de voz, lo que mejor le funcione a esa persona en concreto), las cosas empiezan a moverse. No de un día para otro, ni de forma mágica, pero sí poco a poco. Porque cuando puede decir «para», «ayuda», «no quiero», «más», «necesito un descanso»… ya no necesita golpear, morder o autolesionarse para que se le escuche.

Esto no significa que cualquier conducta desaparezca solo con introducir pictogramas o un cuaderno de comunicación. Hay muchos factores que entran en juego: el dolor físico que a veces no sabemos detectar, la sobrecarga sensorial, la dificultad para autorregularse, los cambios bruscos en la rutina… Y todo eso también merece atención. Pero la comunicación es uno de los pilares. Sin ella, todo lo demás se queda corto.

Para quienes trabajamos en el aula, creo que vale la pena recordarnos esto de vez en cuando. Que cuando vemos una conducta que nos descoloca, antes de etiquetarla, podemos parar y preguntarnos qué quiere decirnos. Y dar pasos, aunque sean pequeños, para que esa persona tenga otra forma de contarnos lo que le pasa.

No es manipulación. No es desafío. No es «llamar la atención». Es comunicación. Y nuestra tarea es ofrecer un canal mejor.

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