En cualquier aula donde haya alumnado con autismo no verbal, antes o después aparece la misma escena. Un niño que se tira al suelo cuando empieza la asamblea. Una niña que muerde cuando se le presenta una tarea nueva. Un alumno que se levanta y se va sin avisar, una y otra vez, por mucho que le insistamos en que se quede sentado. La etiqueta llega siempre rápido y siempre es la misma: conducta disruptiva, conducta desafiante, mal comportamiento.
Pero si nos paramos a mirar con otros ojos, descubrimos algo que lo cambia todo. La mayoría de esas conductas no son problemas de comportamiento.
Son intentos de comunicación.
Son la única forma que tiene ese niño o esa niña de decirnos que algo no va bien, que necesita parar, que se está abrumando, que tiene hambre, que quiere salir de ahí. Cuando un alumno no dispone de un canal funcional para comunicar lo que le ocurre, su cuerpo y su conducta se convierten en ese canal. Y entonces vemos lo que llamamos «disrupción», cuando en realidad lo que estamos viendo es a alguien intentando hablarnos con las herramientas que tiene.
Aquí es donde los pulsadores de voz se convierten en algo mucho más grande que un recurso de aula. Se convierten en una puerta.
Un pulsador de voz es, en esencia, un botón grande que reproduce un mensaje grabado cuando se aprieta. Hay modelos de un solo mensaje, otros con varias casillas, otros que reproducen frases en secuencia. Su gran valor no está en la tecnología, que es deliberadamente sencilla, sino precisamente en esa sencillez. No requiere lectura. No requiere comprensión simbólica avanzada. No requiere motricidad fina. Solo presionar. Y por eso es, para muchos niños y niñas con autismo no verbal o mínimamente verbal, el primer sistema de comunicación al que pueden acceder de forma real, sin la frustración que les generan otros SAAC más complejos.
La forma en que se introduce, sin embargo, es lo que marca la diferencia entre un pulsador que se queda en un cajón y un pulsador que transforma el aula. Y aquí quiero contar cómo lo trabajo yo, porque hay un par de matices que considero innegociables.
Lo primero es elegir un único mensaje, uno solo, y que sea verdaderamente significativo para el niño. No funciona empezar con cinco pulsadores distintos esperando que aprenda a usarlos todos. Funciona empezar con uno que cubra una necesidad real, frecuente y motivadora. «Quiero más» durante una actividad que le encanta, «ayuda» cuando se atasca, «tengo hambre», «quiero agua». Algo que aparezca muchas veces a lo largo del día y que le importe. Si elegimos algo poco relevante para él, no va a haber aprendizaje, porque no hay motivación detrás.
A partir de ahí, la enseñanza se hace por modelado, y este es uno de los puntos en los que soy especialmente cuidadosa. No uso ayuda física, no le cojo la mano al niño para llevarla al botón. El aprendizaje tiene que partir de él, tiene que ser una decisión suya el momento de pulsar. Lo que sí hago, durante todo el tiempo que haga falta, es pulsar yo el botón delante de él justo en el momento en que detecto la necesidad. Si veo que mira el vaso de agua, pulso «quiero agua» y le doy el agua inmediatamente. Si está terminando una actividad que le gusta y quiere seguir, pulso «quiero más» y le doy más. El niño no tiene que hacer nada todavía, solo observar y vivir, una y otra vez, la asociación entre el sonido del pulsador y la consecuencia que llega después. Es así, viéndolo modelado, como descubre poco a poco que ese objeto tiene un poder enorme, el de cambiar lo que ocurre a su alrededor. Y cuando lo descubre, lo intenta. Y cuando lo intenta por sí mismo, sin que nadie le haya guiado la mano, el aprendizaje es genuino y duradero.
Y aquí entra el segundo punto que considero la pieza más importante de todo el sistema: el refuerzo. Cuando el niño pulsa, hay que darle lo que pide. Inmediatamente. Aunque no sea el momento previsto, aunque la rutina del aula diga otra cosa, aunque acabe de almorzar. Si pulsa «tengo hambre», se le da algo de comer. No hace falta que sea un desayuno completo, puede ser un trocito pequeño, una galleta, media fruta, algo simbólico pero real. Si pulsa «quiero agua» diez minutos después de haber bebido, se le da un sorbo. Si pulsa «pausa», se le concede una pausa, aunque sea breve. La razón es muy sencilla: estamos enseñándole que comunicar funciona. Que cuando él decide usar su voz, a través de ese botón, el mundo le responde. Si la primera vez que se atreve a pulsar de forma autónoma le decimos «ahora no toca», lo que aprende no es a esperar. Lo que aprende es que comunicar no sirve para nada, y vuelve al único canal que sí le funcionaba antes, que era la conducta. Por eso el refuerzo tiene que ser inmediato y consistente, especialmente durante las primeras semanas. Más adelante, una vez que el sistema está sólido y él confía en que su comunicación tiene efecto, se pueden ir introduciendo matices, esperas estructuradas, apoyos visuales que le ayuden a entender los tiempos. Pero al principio, no. Al principio, comunicar siempre tiene que ganar.
Lo que ocurre cuando esto se hace bien, con paciencia y con coherencia entre todas las personas que rodean al niño, es difícil de describir hasta que se ve. Niños que llevaban años atrapados en conductas que nadie entendía empiezan, de repente, a pedir cosas. A pedir comida cuando tienen hambre de verdad, no a media mañana porque sí, sino porque su desayuno fue muy temprano. A pedir pausas cuando una actividad les supera, en lugar de tener que escaparse del aula. A pedir agua, a pedir ayuda, a pedir más rato del juego que les gusta. Y a medida que esas peticiones encuentran respuesta, las conductas que antes considerábamos disruptivas van desapareciendo, no porque las hayamos corregido, sino porque ya no son necesarias.
En definitiva, el pulsador de voz no soluciona la conducta. Lo que hace es darle al niño una forma de comunicarse que antes no tenía, y eso, por sí solo, ya lo cambia todo.
