Cuando hablamos de autismo, solemos centrarnos en la comunicación, las rutinas o las sensibilidades sensoriales. Sin embargo, existe un aspecto fundamental que pocas veces se explica bien: el pensamiento perceptivo.
Este tipo de pensamiento afecta la forma en la que muchas personas autistas recuerdan, sienten y procesan el mundo. Y entenderlo no solo ayuda a comprender su comportamiento, sino también su manera única de experimentar la vida.
¿Qué es el pensamiento perceptivo?
En lugar de almacenar los recuerdos como ideas abstractas —como suele ocurrir en la mayoría de las personas—, muchas personas con autismo guardan sus experiencias vinculadas directamente a estímulos sensoriales:
- Imágenes
- Sonidos
- Olores
- Texturas
- Sabores
Es una memoria profundamente sensorial, detallada y realista. No se trata solo de “recordar algo”, sino de volver a sentirlo.
Así pues… estas son algunas ideas principales:
- Los recuerdos se activan mediante estímulos sensoriales: En el pensamiento perceptivo, los recuerdos funcionan como si tuvieran un “botón” de activación. Un olor, una textura, una palabra concreta o incluso un tono de voz puede abrir de golpe un recuerdo completo. No es un proceso voluntario. No se “busca” el recuerdo: el recuerdo aparece cuando un estímulo lo despierta.
- Los recuerdos no solo se piensan: también se sienten en el cuerpo: Cuando un recuerdo vuelve, no siempre lo hace como una simple imagen mental. Muchas personas autistas lo experimentan físicamente: su cuerpo reacciona como si la situación estuviera ocurriendo nuevamente. Pueden sentir escalofríos, aumento de la tensión muscular, malestar físico, nervios o ansiedad repentina, emociones intensas sin “razón aparente”… su cerebro no distingue entre un evento pasado y uno presente, porque para su sistema sensorial el recuerdo es tan real como la experiencia original.
¿Cómo influye esto en el lenguaje?
Este modo de almacenar y revivir recuerdos explica por qué algunas personas con autismo utilizan expresiones idiosincráticas —palabras o sonidos muy personales— para comunicar cómo se sienten. Por ejemplo: decir “amarillo” para expresar nerviosismo, tararear una melodía específica ante el estrés, decir “tostada” para transmitir alegría…
No es literal ni aleatorio: esas palabras o sonidos están asociados en su memoria perceptiva a experiencias sensoriales pasadas que generaron emociones concretas. En su mundo interior, esa palabra siente lo mismo que ellos están sintiendo ahora.
Esto, como profesionales, nos permite comprender qué sienten, ya que a menudo puede resultar confuso ver como un niño/a comienza a reír o a enfadarse «sin motivo aparente» o dice palabras «sin sentido», interpretando mejor sus reacciones y ajustando nuestras intervenciones respetando su modo de procesar, pensar, recordar y ver el mundo.